Creí que lo más difícil había pasado el día en que Martina y su madre se fueron a su piso nuevo.
Me equivoqué.
Lo más difícil vino después: aprender a seguir cerca sin convertir el cariño en una deuda.
La casa se quedó rara cuando se marcharon.
No más dos cepillos junto al lavabo. No más dos mochilas apoyadas en la entrada. No más cuatro tazas en la encimera ni calcetines pequeños mezclados en la colada.
El silencio volvió, pero no era el mismo de antes.
Era un silencio con huecos.
Lucía lo notó el primer día.
Entró en la habitación pequeña, vio la cama ya hecha, la mesilla vacía y la cortina abierta, y se quedó allí un momento, sin decir nada.
Luego preguntó:
—¿Van a venir mañana?
Le dije que no.