«¡Estoy espiando a un hombre malo!», me susurró la hija de 5 años de mi empleada desde detrás del inodoro. Señaló un sobre escondido y añadió: «Siempre viene cuando tú no estás». No dije nada; revisé las cámaras. A las 6:01 apareció un hombre con un enorme reloj plateado. Cuando reconocí quién era, entendí que llevaba 23 años confiando en la persona equivocada.

—La idea fue mía.

Sentí que Rafael tensaba las manos.

Mauricio continuó:

—Villaseñor la tomó. Yo pagué para sacarla de sus manos y la escondí. No porque quisiera salvarla. Necesitaba una cuerda alrededor del cuello de Isabel.

Me costó contenerme.

—¿Dónde?

—Una casa en las afueras de Toluca.

Dio la ubicación.

Mandé a Rafael con varios hombres de confianza.

Encontraron a Lucía antes del amanecer.

Estaba encerrada en una habitación del segundo piso. Había perdido peso y llevaba ropa que no era suya, pero estaba viva.

Cuando uno de mis hombres dijo:

—Tu hermana nos envió.

Lucía se sentó en la cama y lloró sin hacer ruido.

Isabel esperaba en mi casa.

A las 9:14 de la mañana, un automóvil entró por el portón.

Lucía bajó.

Isabel corrió hacia ella.

No hubo discursos.

No hicieron falta.

La abrazó y comenzó a tocarle el rostro, el cabello, los hombros, como si necesitara comprobar que cada parte de su hermana seguía allí.

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