—La idea fue mía.
Sentí que Rafael tensaba las manos.
Mauricio continuó:
—Villaseñor la tomó. Yo pagué para sacarla de sus manos y la escondí. No porque quisiera salvarla. Necesitaba una cuerda alrededor del cuello de Isabel.
Me costó contenerme.
—¿Dónde?
—Una casa en las afueras de Toluca.
Dio la ubicación.
Mandé a Rafael con varios hombres de confianza.
Encontraron a Lucía antes del amanecer.
Estaba encerrada en una habitación del segundo piso. Había perdido peso y llevaba ropa que no era suya, pero estaba viva.
Cuando uno de mis hombres dijo:
—Tu hermana nos envió.
Lucía se sentó en la cama y lloró sin hacer ruido.
Isabel esperaba en mi casa.
A las 9:14 de la mañana, un automóvil entró por el portón.
Lucía bajó.
Isabel corrió hacia ella.
No hubo discursos.
No hicieron falta.
La abrazó y comenzó a tocarle el rostro, el cabello, los hombros, como si necesitara comprobar que cada parte de su hermana seguía allí.