El gato viejo que dejó de esperar cuando una mujer abrió su puerta

Pero Mateo había esperado.

Y seguía esperando.

“Vale”, dije. “Déjalo, por favor.”

Colgué y me quedé mirando el móvil como si fuera a sonar en ese mismo instante.

No sonó.

Pasaron tres días.

Luego cuatro.

Mateo siguió con su rutina.

Por la mañana, venía a la cocina y se sentaba a una distancia prudente mientras yo preparaba café.

Al mediodía, dormía en la esquina donde daba un rectángulo de sol.

Por la tarde, a las seis y media, iba a la puerta.

Siempre igual.

Siempre callado.

El viernes, cuando volví del trabajo, encontré una nota en el buzón.

No era publicidad.

No era una factura.

Era un sobre blanco, escrito a mano con una letra temblorosa.

Dentro había solo una frase y un número de teléfono.

“Soy la hija de Carmen. Gracias por cuidar de Mateo.”

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