Subieron todas las bolsas a la camioneta de Ernesto y comenzaron a conducir.
Atravesaron el pueblo, pasaron junto al viejo cementerio y continuaron por una carretera rodeada de árboles.
Después de unos veinte minutos, Clara indicó un pequeño camino de tierra.
—Es por aquí.
El vehículo avanzó lentamente.
A ambos lados aparecieron terrenos abandonados, árboles frutales y antiguas construcciones que parecían llevar años sin habitantes.
Finalmente llegaron hasta una propiedad cercada.
Había una casa pequeña en el centro.
Don Ernesto observó el lugar.
No entendía nada.
—¿Aquí vive alguien?
Clara abrió la puerta del vehículo.
—Sí. Muchos.
Ernesto volvió a mirarla sin comprender.
Entonces escuchó los primeros sonidos.
Ladridos.
Primero uno.
Después varios.
Y finalmente decenas.
Detrás de una construcción comenzaron a aparecer perros de distintos tamaños.
Algunos eran grandes.
Otros pequeños.
También había perros ancianos y varios que parecían haber pasado mucho tiempo en la calle.