«¡Estoy espiando a un hombre malo!», me susurró la hija de 5 años de mi empleada desde detrás del inodoro. Señaló un sobre escondido y añadió: «Siempre viene cuando tú no estás». No dije nada; revisé las cámaras. A las 6:01 apareció un hombre con un enorme reloj plateado. Cuando reconocí quién era, entendí que llevaba 23 años confiando en la persona equivocada.

Cuando consiguió sujetarme del cuello, Rafael entró.

El sonido de su arma bastó.

Mauricio soltó las manos.

Cayó de rodillas.

Me limpié la sangre de la boca y lo miré.

—¿Por qué?

Se rio con amargura.

—¿De verdad vas a preguntarme eso?

—Sí.

—23 años, Adrián. Durante 23 años caminé un paso detrás de ti. Recibí golpes por ti. Sangré por ti. Salvé tu vida. Pero siempre había una silla principal y otra a tu derecha. La primera siempre fue tuya.

—Nunca me pediste nada.

—Te lo pedí de todas las formas posibles sin pronunciar las palabras.

Negué.

—Eso no es pedir. Eso es esperar que alguien adivine tu resentimiento.

Mauricio levantó la mirada.

—Villaseñor sí me escuchó. Me ofreció territorio, gente, dinero. Mi propio lugar.

—Y Lucía.

Algo cambió en su expresión.

Me acerqué.

—¿Dónde está?

Mauricio escupió sangre a un lado.

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