Mi nuera se rio al regalarme un raspadito de 40 pesos por mi cumpleaños número 73: “A ver si te alcanza para el camión”. Diez meses después, mi propio hijo puso frente a mí el folleto de una residencia y dijo: “Ya elegimos tu habitación”. No discutí. Esa noche llamé a mi abogado. Ellos todavía no sabían qué había escondido desde aquel cumpleaños.

vez.

Rodrigo servía vino.

Mariana hablaba de una compañera de su despacho.

Mis nietos estaban pegados a sus tabletas.

Nadie me miraba.

Doblé el boleto con cuidado y lo guardé en el bolsillo de mi cárdigan.

—¿Nada? —preguntó Rodrigo.

Le sonreí.

—Ni para el camión.

Mariana volvió a reír.

Me levanté y comencé a recoger los platos.

Aquella noche entendí cuánto puede esconder una mujer detrás de un rostro tranquilo.

Me llamo Teresa Mendoza.

Cuatro años antes había muerto mi esposo, Arturo, después de 46 años de matrimonio. Yo todavía tenía nuestra pequeña casa en San Juan del Río, pero Rodrigo insistió en que la vendiera y me mudara con él.

—No deberías vivir sola, mamá.

Yo le creí.

Vendí la casa. Guardé la mayor parte del dinero y me mudé a Querétaro.

Al principio me trataban como invitada.

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