Mi esposo se rio de los golpes en mi cara durante su lujosa fiesta de Halloween. “Se cayó en el baño otra vez”, bromeó delante de cien invitados, mientras mi suegra levantaba su copa. Yo no lo contradije hasta que terminó su discurso. Entonces me quité la máscara y pregunté: “¿También fue el baño quien amenazó con encerrarme en un hospital?”. Él palideció cuando varios detectives entraron buscando algo mucho más grave que una agresión.

La fiscalía aceleró las diligencias y obtuvo las órdenes judiciales necesarias.

El operativo coincidiría con la elegante celebración de Día de Muertos del despacho, donde Rodrigo sería anunciado como nuevo socio director.

Yo debía salir del hotel antes de que comenzaran las detenciones.

Pero Rodrigo descubrió aquella tarde que conocía los movimientos de Horizonte.

Me acorraló en el baño de nuestra suite.

—¿A quién se lo contaste?

—A personas que ya no puedes comprar.

Su anillo me abrió la piel cerca de la ceja cuando me golpeó.

Después tomó mi teléfono, guardó la llave de la habitación y me obligó a ponerme el vestido verde que había elegido para mí.

—Vas a bajar, vas a sonreír y vas a comportarte como mi esposa. Si abres la boca, mañana estarás encerrada en un hospital.

Conseguí activar el pequeño transmisor de emergencia que llevaba escondido.

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