Después de casarnos comenzaron las prohibiciones.
Primero criticó mi ropa. Después decidió qué amistades podía conservar. Finalmente empezó a revisar mi teléfono, mis gastos y hasta los kilómetros recorridos por mi automóvil.
Yo había trabajado como auditora financiera, pero Rodrigo convenció a varios clientes de que sufría problemas emocionales y necesitaba descansar.
—No tienes que trabajar, amor. Yo puedo mantenerte —repetía.
Mi suegra reforzaba aquella idea.
—Una esposa inteligente nunca contradice al hombre que le da de comer.
La primera vez que Rodrigo me empujó contra una pared, lloró y pidió perdón.
La segunda vez me torció el brazo delante de su madre.
Beatriz simplemente continuó desayunando.
Con los años, las disculpas desaparecieron.
Mi esposo empezó a decirles a nuestros amigos que yo era nerviosa, exagerada y propensa a inventar problemas.
Hasta yo misma llegué a dudar de mis recuerdos.