El papel del segundo sobre era grueso, áspero y frío, semejante al que se acaba de sacar de una morgue.
Sobre el fondo blanco destacaban unas letras grandes e irregulares; Méline lo había escrito con mano temblorosa, sobreponiéndose al dolor físico y a la agonía de la pérdida:
«Debes saber por qué he sufrido».
Tenía los dedos tan entumecidos que no logré agarrar de inmediato el borde de la solapa. En la habitación reinaba un silencio ensordecedor, un silencio de muerte. La enfermera retrocedió un paso con la mirada baja, como si no se atreviera a presenciar la ejecución del alma de otra persona. El aire olía a alcohol sanitario, a lejía y a las flores marchitas que había en el alféizar de la ventana: lirios blancos, enviados sin duda por el departamento de protocolo de mi propia empresa mientras preparaban los papeles para una «hospitalización anónima».