Respiré profundamente.
—No salí de aquel matrimonio siendo una mujer sin miedo. Salí aterrada. Declaré aterrada. Comencé de nuevo aterrada. Pero descubrí que el valor no consiste en dejar de sentir miedo, sino en dejar de permitir que otra persona decida toda tu vida a través de él.
Vi a mi padre limpiarse discretamente los ojos.
Lucía levantó una mano, mostrándome los dos aretes plateados que había decidido volver a usar.
Ya no eran el recuerdo de lo que Rodrigo le había hecho, sino la prueba de que su historia le pertenecía otra vez.
Al terminar, el público se puso de pie.
Los aplausos no borraron lo ocurrido, pero tampoco exigían que yo ocultara nada.
Caminé hacia la salida.
Mi padre se acercó y preguntó con una sonrisa pequeña:
—¿Quieres que cierre las puertas?
Miré el salón.
Las personas podían entrar y salir libremente.