Sobreviví al sabotaje de mi esposo y lo escuché brindar por mi muerte— heyily

Lucía cerró la computadora.

—Tenemos suficiente.

A las siete y media fuimos a presentar la denuncia.

Entregué la grabación original.

Mis teléfonos.

La evidencia del accidente.

La ubicación exacta de la camioneta.

La conversación sobre los frenos.

También expliqué lo de los documentos falsificados.

La fiscal que tomó mi declaración se llamaba Mariana Ortega.

Escuchó todo sin interrumpirme.

Cuando terminé, dijo:

—Señora Montemayor, necesito que comprenda algo. A partir de este momento, no vuelva a esa casa sola.

—No pensaba hacerlo.

—No contacte a su esposo.

—Tampoco pensaba hacerlo.

Mariana miró a Lucía.

—Y no congelen nada que pueda destruir evidencia financiera.

Gabriel respondió:

—No destruimos nada. Solo suspendimos nuevas líneas.

—Bien.

La investigación comenzó ese mismo día.

Mientras tanto, Mauricio seguía creyendo que yo estaba muerta.

A las nueve de la mañana llamó a emergencias para reportar mi desaparición.

A las nueve y treinta llegó al lugar del accidente.

A las diez lloraba frente a policías.

Uno de los investigadores llevaba una cámara corporal.

Más tarde vi el video.

Mauricio estaba impecable.

Camisa blanca.

Cabello peinado.

Ojos rojos.

Probablemente se había frotado la cara para parecer devastado.

—Mi esposa iba rumbo a Lerma —decía—. Me llamó gritando. Después se cortó la comunicación.

El oficial le preguntó:

—¿La camioneta tenía problemas?

Mauricio negó inmediatamente.

—Ninguno. Yo mismo la revisé.

Esa mentira terminaría siendo importante.

Los peritos recuperaron restos del vehículo.

La línea de freno había sido cortada limpiamente.

No rota.

Cortada.

Herramienta metálica.

Presión deliberada.

Cuando la policía llegó a nuestra casa esa tarde, Mauricio todavía no sabía que yo estaba viva.

Daniela ya se había ido.

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