Después de 12 años cuidando la casa, los nietos y hasta la ropa de mi hijo, una noche me dijo sin mirarme: “Mamá, ya es hora de que recuperes tu independencia”. Entré a mi pequeño cuarto, saqué de una Biblia el sobre donde había guardado durante años mi pensión y, por primera vez, conté el dinero. Días después compré un viejo rancho en Hidalgo; cuando mis hijos se enteraron, comenzaron a cuestionar mi decisión y si realmente podía vivir ahí sola.

Respiré.

Busqué el casco del potrillo con los dedos y lo sujeté con cuidado. Cenicera tuvo otra contracción y sentí cómo todo su cuerpo apretaba mi brazo.

—Aguanta, mi cielo. Yo también aguanto.

Cuando aflojó, acomodé la pata poco a poco hasta ponerla en la misma dirección que la otra.

Salieron las 2.

Yo ya estaba sudando a pesar del frío.

El potrillo avanzó hasta el pecho y volvió a quedarse atorado. Cenicera empujó 1 vez. Luego otra. Luego una tercera.

Nada.

Me coloqué detrás, sujeté las patas por encima de los corvejones y esperé la siguiente contracción. No jalé con desesperación. Guié.

De pronto cayó sobre la paja un cuerpo oscuro, largo, mojado, con 4 manchas blancas en las patas.

No se movió.

Me arrodillé y retiré la membrana que le cubría el hocico. Le limpié las fosas nasales con un trapo.

—Ándale, chamaco. Respira.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *