Respiré.
Busqué el casco del potrillo con los dedos y lo sujeté con cuidado. Cenicera tuvo otra contracción y sentí cómo todo su cuerpo apretaba mi brazo.
—Aguanta, mi cielo. Yo también aguanto.
Cuando aflojó, acomodé la pata poco a poco hasta ponerla en la misma dirección que la otra.
Salieron las 2.
Yo ya estaba sudando a pesar del frío.
El potrillo avanzó hasta el pecho y volvió a quedarse atorado. Cenicera empujó 1 vez. Luego otra. Luego una tercera.
Nada.
Me coloqué detrás, sujeté las patas por encima de los corvejones y esperé la siguiente contracción. No jalé con desesperación. Guié.
De pronto cayó sobre la paja un cuerpo oscuro, largo, mojado, con 4 manchas blancas en las patas.
No se movió.
Me arrodillé y retiré la membrana que le cubría el hocico. Le limpié las fosas nasales con un trapo.
—Ándale, chamaco. Respira.