Doña Romualda, una partera de casi 70 años que sabía también de animales, revisó a la yegua y me enseñó a practicar con un costal lleno de tierra por si el potrillo venía mal acomodado.
—Aprenda como si fuera a estar sola —me advirtió—. Porque puede tocarle.
Mientras yo arreglaba la bodega para el parto, mis 3 hijos aparecieron juntos un sábado. Después del café, Joel sacó el verdadero motivo.
—Mamá, firma un poder a mi nombre. Yo manejo los impuestos y los papeles. Tú puedes irte con Brígida.
Lo miré.
—¿Y mi cuarto en tu casa?
No respondió.
Ramiro tampoco tenía espacio. El cuarto de Brígida solo estaba libre cuando no iba su suegra.
Entonces puse la escritura sobre la mesa.
—La pensión de su padre era mía. La ahorré yo y este rancho lo compré yo. No voy a firmar ningún poder.