—Es el que eligió mi hermana —respondí—. No se preocupe. Hoy vamos a celebrar una boda.
La ceremonia tuvo lugar en una hermosa hacienda de Atlixco, rodeada de jardines y flores blancas.
Verónica apareció con un vestido de novia espectacular. Andrés la miró con los ojos llenos de lágrimas.
Yo caminé detrás de las otras damas.
Cinco vestidos lavanda.
Y yo, vestida de naranja brillante.
Las miradas fueron inevitables.
Algunas personas cuchicheaban. Otras parecían avergonzadas por mí.
Durante el coctel, una prima se acercó.
—Lucía, ¿por qué te pusiste ese color?
—Tendrías que preguntárselo a Verónica. Ella compró los vestidos.
No dije nada más.
Repetí exactamente lo mismo a otras dos personas.
En la recepción, mi tía Rosario, hermana mayor de mi mamá, se sentó a mi lado.
Tenía 72 años y nunca había sido de las que se quedaban calladas ante una injusticia.