PARTE 2
A la mañana siguiente, Teresa pidió ayuda a don Ramón, un vecino acostumbrado a limpiar pozos. Con una cuerda, un arnés y una lámpara potente, logró descender hasta la cavidad.
Dentro encontró una caja metálica envuelta en lona encerada.
La abrió en la cocina.
Había fotografías familiares, una libreta de su padre, copias de documentos contables y varias cartas escritas por Elena durante las semanas anteriores a la muerte de Gabriel.
En la primera, su madre hablaba de movimientos irregulares en el aserradero donde ambos trabajaban. Madera extraída sin registro, facturas falsas, camiones que salían de madrugada y pagos que nunca aparecían en la contabilidad oficial.
Gabriel había comenzado a reunir pruebas.
En otra carta, Elena escribió:
“Dice que irá con las autoridades. Yo le pedí que espere porque anoche volvieron a llamar para amenazarlo. Tengo miedo por nosotros y, sobre todo, por Teresa.”
La última carta estaba fechada tres días antes del supuesto accidente.
“Si algo le pasa a Gabriel, no creas que fue casualidad.”
Teresa tuvo que dejar de leer.
Durante más de treinta años había pensado que su padre había muerto por una mala maniobra en el bosque.
Ahora tenía delante una libreta llena de fechas, placas de camiones, cantidades de madera y unas iniciales que se repetían constantemente: R. S.
Llamó inmediatamente a su hijo Diego, abogado de veintinueve años.
Tres horas después, él estaba sentado frente a la misma mesa.
—Mamá, esto puede ser muchísimo más serio de lo que pensamos.
Diego comenzó a revisar antiguos registros empresariales. El aserradero había desaparecido hacía décadas, pero varios documentos de la época seguían archivados.
Las iniciales coincidían con un nombre: Rogelio Salcedo.