Durante casi cuatro horas, el hombre sentado a mi lado invadió mi asiento del avión con las piernas y se burló cuando le pedí espacio: “Usted es pequeña, no necesita tanto”. Esperé hasta que entró al baño, llamé discretamente a la sobrecargo y tomé una decisión. Cuando regresó y vio mi asiento vacío, se quedó paralizado en el pasillo.

Mi nieta dormía abrazada a una manta blanca.

Yo había cruzado medio país para conocerla.

No quería llegar al aeropuerto caminando con dolor porque un desconocido había decidido que mi comodidad importaba menos que la suya.

Respiré hondo.

—Arturo, se lo voy a pedir una última vez. Por favor, mantenga la pierna de su lado.

Él me miró con fastidio.

—Ya hablamos de eso.

—Y no ha cambiado nada.

—Soy alto.

—Y yo pagué mi asiento.

Se rio y volvió a mirar su teléfono.

Entonces presioné el botón para llamar a la sobrecargo.

Arturo lo vio.

Por un momento pensé en apagarlo.

No lo hice.

Pero antes de que llegara alguien, él retiró la pierna.

—Listo. ¿Contenta?

Cuando apareció la sobrecargo, mi valor volvió a desaparecer.

—¿Necesita algo, señora?

Miré a Arturo.

—Agua, por favor.

Nada más.

Casi cuatro horas después del despegue, Arturo se quitó los audífonos y se puso de pie.

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