—¿Así está bien?
—Sí. Gracias.
Treinta segundos después, su rodilla volvía a tocarme.
El hombre del asiento del pasillo, don Ernesto, levantó la vista de su libro, pero no dijo nada.
Intenté leer.
Arturo ocupó el descansabrazos.
Después dejó su chamarra encima del divisor.
Más tarde metió uno de sus zapatos debajo del asiento frente a mí.
Cuando movía el cuerpo, su muslo presionaba mi pierna.
Después de casi dos horas, me empezó a doler la cadera.
—Arturo, ¿podría mantener los pies de su lado?
Se quitó un audífono.
—¿Qué?
—Su pie está en mi espacio.
Suspiró como si yo fuera la persona más insoportable del avión.
—Mido casi uno noventa. ¿Dónde quiere que meta las piernas?
Lo miré.
—En el espacio que corresponde a su boleto.
Sonrió con suficiencia.
—Si usted ni siquiera está usando todo ese espacio, ¿cuál es el problema?