Parte 1
—Mamá… no dejes que papá me encierre otra vez.
Sentí que las piernas dejaban de sostenerme.
Estaba inclinada sobre el pequeño ataúd blanco de mi hija de 6 años, despidiéndome de ella por última vez, cuando escuché aquella voz.
La funeraria estaba casi vacía.
Mi exesposo, Julián, había insistido en que la ceremonia fuera privada. Su madre, Teresa, dijo que Sofía había muerto de una crisis respiratoria y que prolongar el funeral solo aumentaría nuestro sufrimiento.
También habían programado la cremación para esa misma tarde.
Demasiado rápido.
Todo había ocurrido demasiado rápido.
48 horas antes, Julián me llamó después de casi 3 meses sin permitirme hablar directamente con Sofía.
—Valeria, siéntate —me dijo.
Yo estaba terminando un turno en el hospital militar.
—¿Qué pasó?
Hubo un silencio.
—Sofía murió anoche.
No recuerdo haber respirado durante los siguientes segundos.
Pedí verla.
Me dijeron que no.
Pedí el expediente médico.
Me dijeron que estaba incompleto.
Pedí una autopsia independiente.
Teresa llamó a mi abogado para acusarme de utilizar la muerte de mi hija para vengarme de su hijo.
Y ahora estaba allí, frente a aquella caja blanca, preguntándome por qué una madre debía despedirse de su propia hija mirando únicamente una fotografía.
Entonces escuché el susurro.
—Mamá…
Levanté la cabeza.
Miré alrededor.
Nadie.
Volví a acercarme al ataúd.
—¿Sofía?
Un sonido diminuto salió desde dentro.
Rasqué con los dedos el borde de la tapa hasta encontrar el seguro interior.
La abrí.
Y casi grité.
Sofía abrió los ojos.
Estaba pálida.
Los labios azulados.
El cabello húmedo pegado a la frente.
Respiraba tan débilmente que apenas se movía su pecho.
—Mamá… tengo frío.