En el funeral de mi hija de 6 años, escuché un susurro desde su ataúd blanco: —Mamá, no dejes que papá me vuelva a dormir. Levanté la tapa y la encontré viva, amarrada y con marcas de agujas en los brazos. Entonces mi suegra gritó: —¡Cierren ese ataúd! La cremación empieza en 20 minutos.

Parte 1

—Mamá… no dejes que papá me encierre otra vez.

Sentí que las piernas dejaban de sostenerme.

Estaba inclinada sobre el pequeño ataúd blanco de mi hija de 6 años, despidiéndome de ella por última vez, cuando escuché aquella voz.

La funeraria estaba casi vacía.

Mi exesposo, Julián, había insistido en que la ceremonia fuera privada. Su madre, Teresa, dijo que Sofía había muerto de una crisis respiratoria y que prolongar el funeral solo aumentaría nuestro sufrimiento.

También habían programado la cremación para esa misma tarde.

Demasiado rápido.

Todo había ocurrido demasiado rápido.

48 horas antes, Julián me llamó después de casi 3 meses sin permitirme hablar directamente con Sofía.

—Valeria, siéntate —me dijo.

Yo estaba terminando un turno en el hospital militar.

—¿Qué pasó?

Hubo un silencio.

—Sofía murió anoche.

No recuerdo haber respirado durante los siguientes segundos.

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