PARTE 1
—A las diez en punto vas a sacar a Valentina de tu casa y la vas a traer conmigo. No prendas ninguna luz. No llames a nadie. Y, por lo que más quieras, no le digas a Mauricio.
Don Ernesto estaba empapado bajo la lluvia frente a mi puerta en Querétaro. Yo tenía setenta años y había pasado casi cuatro décadas reparando casas dañadas. Creía saber reconocer el peligro. Aquella noche entendí que el peor daño puede estar dentro de una familia y parecer intacto por fuera.
Mi nombre es Arturo Herrera. Desde hacía dieciocho meses criaba a mi nieta Valentina, de ocho años. Su madre, mi hija Mariana, había muerto en un accidente en la carretera después de una tormenta. Su padre había fallecido años antes por un problema cardiaco. Mariana dejó por escrito que, si algo le ocurría, yo sería el tutor de su hija.
También dejó un fideicomiso para Valentina de casi treinta millones de pesos. Yo administraba ese dinero con una regla sencilla: era de mi nieta, no mío. Cada gasto quedaba documentado.
Mi hijo mayor, Mauricio, comenzó a visitarnos con más frecuencia después del funeral. Llegaba con su esposa, Renata, cargando pan dulce, regalos y frases que parecían cariñosas.
—Papá, Valentina necesita una familia completa —me repetía—. Tú ya no estás joven. Nosotros podríamos hacernos cargo.
Yo siempre respondía lo mismo:
—Mariana decidió que su hija viviría conmigo.
Había algo más que me dolía admitir. La noche después del entierro, Mauricio me había dicho:
—Mariana salió porque tú la llamaste. Si no la hubieras hecho salir con ese clima, quizá seguiría viva.