Cuando regresamos a casa, mi hijo encontró su dormitorio vacío y preguntó entre lágrimas: “Mamá, ¿también tiraron a papá?”. Mi hermana se rio; había vendido su cama, sus juguetes y hasta el barco de madera que su padre fallecido le dejó. No discutí. Llamé al abogado que llevó la herencia de mi esposo. Horas después descubrimos que aquel barco escondía un secreto que mi madre jamás quiso que yo conociera.

Recordé una noche en que Daniel trabajaba en secreto.

Le pregunté qué estaba haciendo.

Me respondió sonriendo:

“Un lugar para guardar un tesoro.”

Yo había pensado que bromeaba.

Tomás cerró su mano alrededor de la llave.

“Lucía, Daniel dejó algo dentro.”

“¿Qué?”

“Dos cartas.”

Sentí un escalofrío.

“¿Para quién?”

“Una para Mateo.”

Se detuvo.

“Y otra para ti.”

Parte 3

Elena llevó el barco al despacho de Miguel la mañana siguiente.

Cuando lo vi, casi no pude caminar.

Las pequeñas imperfecciones seguían allí.

Una zona mal lijada por Mateo.

Una mancha de pintura blanca cerca de la proa.

Las iniciales de mi hijo escritas por Daniel.

Tomás giró el barco.

Introdujo la llave en una pequeña abertura oculta debajo de la quilla.

Una pieza de madera se desprendió.

Dentro había un recipiente impermeable.

Lo abrí.

Dos sobres.

Tomé el mío.

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