Su perro recibió una bala por salvarlo, pero lo que hizo el pueblo tres días después lo cambió todo

No suficientes.

Podía vender algunas cosas.

Tampoco alcanzaba.

Pregunté otra vez en la corporación.

Me dijeron lo mismo.

Ayudarían hasta donde permitieran los recursos disponibles, pero no podían garantizar todo el costo.

No estaba enojado con nadie.

Solo estaba desesperado.

La mañana del tercer día pasé por una pequeña cafetería que quedaba en mi zona habitual de patrullaje.

Llevaba años entrando allí.

Normalmente pedía café y algo sencillo antes de comenzar el turno.

La dueña se llamaba Mariana.

Era madre de un niño y casi siempre estaba detrás del mostrador acomodando vasos, limpiando mesas o llevando cuentas.

Nos tratábamos con educación, aunque nunca habíamos hablado demasiado.

Ese día me miró y frunció el ceño.

—¿Está todo bien?

Quise responder que sí.

No pude.

—Mi compañero está en la clínica.

Mariana miró hacia la calle.

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