No suficientes.
Podía vender algunas cosas.
Tampoco alcanzaba.
Pregunté otra vez en la corporación.
Me dijeron lo mismo.
Ayudarían hasta donde permitieran los recursos disponibles, pero no podían garantizar todo el costo.
No estaba enojado con nadie.
Solo estaba desesperado.
La mañana del tercer día pasé por una pequeña cafetería que quedaba en mi zona habitual de patrullaje.
Llevaba años entrando allí.
Normalmente pedía café y algo sencillo antes de comenzar el turno.
La dueña se llamaba Mariana.
Era madre de un niño y casi siempre estaba detrás del mostrador acomodando vasos, limpiando mesas o llevando cuentas.
Nos tratábamos con educación, aunque nunca habíamos hablado demasiado.
Ese día me miró y frunció el ceño.
—¿Está todo bien?
Quise responder que sí.
No pude.
—Mi compañero está en la clínica.
Mariana miró hacia la calle.
—¿Bruno?
Asentí.
—Está grave.
No dije más.
Pagué el café y salí.
Me senté en la patrulla.
El espacio donde normalmente viajaba Bruno estaba vacío.
Nunca me había parecido tan grande.
Al día siguiente regresé a la cafetería.
Entré pensando únicamente en conseguir café y volver a la clínica.
Entonces vi el mostrador.
Habían colocado un frasco transparente.
Tenía billetes de veinte, cincuenta, cien y doscientos pesos.
Junto al frasco había un dibujo hecho con colores.
Era un perro pastor alemán.
Debajo se leía, con letras torcidas de niño:
“PARA BRUNO. ÉL TAMBIÉN ES DE TODOS NOSOTROS.”
Me quedé inmóvil.
Mariana fingió estar acomodando unas cosas.
—Mi hijo hizo el dibujo —dijo finalmente—. Siempre corre a la ventana cuando pasan ustedes cerca de su escuela.
Miré otra vez el frasco.
Había más dinero del que esperaba.