Cuando regresamos a casa, mi hijo encontró su dormitorio vacío y preguntó entre lágrimas: “Mamá, ¿también tiraron a papá?”. Mi hermana se rio; había vendido su cama, sus juguetes y hasta el barco de madera que su padre fallecido le dejó. No discutí. Llamé al abogado que llevó la herencia de mi esposo. Horas después descubrimos que aquel barco escondía un secreto que mi madre jamás quiso que yo conociera.

Poco después me envió los documentos.

La casa era legalmente mía.

Daniel también había dejado protegida una cantidad de dinero para Mateo.

Además, había hecho una lista de objetos que debían conservarse para nuestro hijo.

Su reloj.

La chaqueta.

Las herramientas.

Y el pequeño velero.

Junto al barco había escrito:

“Para Mateo. Para terminar cuando esté listo. No vender.”

Me tapé la boca.

Entonces llamó mi madre.

Contesté.

“¿Ya terminaste tu berrinche?”, preguntó.

“¿Qué quieres?”

“Mariana está muy alterada. Necesita otros 140,000 pesos para terminar el cuarto.”

Casi me reí.

“¿Después de vender las cosas de mi hijo todavía quieres dinero?”

“Lucía, las cosas se reemplazan.”

“Los recuerdos no.”

Mi madre soltó un suspiro.

“Cuando regreses también necesito que firmes unos papeles de la casa.”

Miré el teléfono.

“¿Qué papeles?”

Hubo un silencio demasiado largo.

“Los que ya comentamos.”

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *