Trece tiradores de élite fallaron el blanco imposible; entonces la capitana olvidada pidió un disparo y cambió el cuartel entero.
—¿Queda alguien? —preguntó el general Mateo Rivas, con la mandíbula apretada.
Nadie respondió.
Trece hombres seguían tumbados o arrodillados junto a sus fusiles de precisión. Algunos miraban el suelo. Otros fingían revisar visores, tornillos y tablas de cálculo para no levantar la cara.
A cuatro kilómetros, el blanco metálico parecía una moneda perdida dentro del calor del desierto.
Entonces una voz serena salió de la última fila.
—¿Me permite intentarlo, mi general?
Todas las cabezas se giraron.
La capitana Elena Vargas avanzó entre los soldados con el uniforme sencillo del área de logística. No llevaba insignias de tiradora, ni chaleco especial, ni el aire desafiante de quienes necesitaban demostrar algo.
Solo caminaba con una calma que, de pronto, incomodó a todos.