Trece tiradores de élite fallaron el blanco imposible; entonces la capitana olvidada pidió un disparo y cambió el cuartel entero.
—¿Queda alguien? —preguntó el general Mateo Rivas, con la mandíbula apretada.
Nadie respondió.
Trece hombres seguían tumbados o arrodillados junto a sus fusiles de precisión. Algunos miraban el suelo. Otros fingían revisar visores, tornillos y tablas de cálculo para no levantar la cara.
A cuatro kilómetros, el blanco metálico parecía una moneda perdida dentro del calor del desierto.
Entonces una voz serena salió de la última fila.
—¿Me permite intentarlo, mi general?
Todas las cabezas se giraron.
La capitana Elena Vargas avanzó entre los soldados con el uniforme sencillo del área de logística. No llevaba insignias de tiradora, ni chaleco especial, ni el aire desafiante de quienes necesitaban demostrar algo.
Solo caminaba con una calma que, de pronto, incomodó a todos.
El capitán Sergio Díaz soltó una risa seca.
—¿La encargada de inventarios? Esto ya parece una broma.
Elena ni siquiera lo miró.
El general Rivas, en cambio, sintió una punzada extraña. Había algo en aquella mujer. Una forma de sostener la mirada, de medir el terreno, de no desperdiciar ni un movimiento.
No recordaba de dónde la conocía.
Todavía.
Horas antes, cuando el sol apenas aclaraba las montañas del norte, Elena se había levantado sin despertador en su habitación del Campo de Pruebas Sierra Roja, un complejo levantado en una zona remota del desierto de Sonora.
Tenía treinta y cuatro años, estatura media y el cabello oscuro recogido en un moño firme. Su rostro era corriente, con pequeñas marcas de cansancio bajo los ojos y una cicatriz fina junto a la ceja izquierda.
Nada en ella pedía atención.