Encendí.
Cerré los seguros.
Ricardo golpeó mi ventana.
—¡Me estás robando a mi hijo!
Salí en reversa.
Cinco minutos después, Mateo habló por primera vez.
—Mamá…
—¿Sí?
—¿Yo hice algo malo?
Tuve que detener el auto en una gasolinera porque ya no podía ver bien.
Me giré hacia él.
—Mírame.
Sus ojos estaban hinchados.
—Nada de esto pasó por tu culpa.
—Papá dijo que lo avergoncé.
—Hacer una pregunta no le da derecho a lastimarte.
Mateo bajó la mirada.
Y entonces dijo algo que convirtió el miedo en otra cosa.
—Pero no era la primera vez, mamá.
Sentí que se me congelaban las manos.
—¿Qué acabas de decir?
Mateo empezó a llorar.
—Papá ya me había castigado así cuando tú no estabas.