No dormí esa noche.
Mientras Mauricio seguía en el hospital, yo abrí cada carpeta de la empresa, cada contrato, cada correo y cada borrador que él me había pedido firmar en los últimos meses.
A las 2:43 de la madrugada encontré el primer indicio.
Una solicitud de modificación de beneficiarios.
A las 3:18 apareció una póliza vinculada a la empresa.
A las 4:02 encontré el nombre de Renata asociado a una sociedad que supuestamente prestaba servicios de consultoría.
Y a las 4:27 apareció Matías.
Tres años.
Registrado en un documento donde no tenía por qué aparecer.
Llamé a Arturo.
—Ya tengo el nombre —le dije—. Renata. Y el niño se llama Matías.
Arturo guardó silencio unos segundos.
—Valeria, esto no parece solo una infidelidad.
—Lo sé.
—Hay una transferencia pública de un departamento en preventa. No está a nombre de Renata todavía, pero hay un apartado pagado desde una cuenta relacionada con Mauricio.
Cerré los ojos.
—¿Cuánto?
—Suficiente para que quieras sentarte.
Entonces llegó un mensaje de Lucía, mi suegra.
“Por favor no hagas nada mientras Mauricio está delicado. Hay cosas que una esposa debe aprender a perdonar.”
Miré la pantalla.
Y por primera vez en siete años entendí que Lucía no estaba protegiendo a su hijo del escándalo.
Estaba protegiendo algo que ella también sabía.
Abrí la carpeta azul.
Saqué los documentos que Mauricio quería que firmara.
Y allí, en la página cinco, encontré la cláusula que habría puesto mi casa, mis acciones y mi firma profesional como garantía de una deuda que no era mía.
Pero al pie del documento había algo todavía peor:
mi firma ya aparecía escaneada.
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A las siete de la noche recibí una llamada que hizo que todo mi cuerpo se tensara.