Parte 1
Todavía puedo escuchar el golpe de las pinzas contra el piso de madera.
No el grito de mi hijo.
No la voz de mi esposo.
No la risa seca de mi suegra.
El metal.
Ese sonido fue lo que me hizo entender que, si me quedaba un minuto más en aquella casa, algún día iba a pasar algo que ya no podría detener.
Mi hijo Mateo tenía 7 años.
Esa noche cenábamos en casa de mis suegros, en Guadalajara. Era una de esas cenas que Leonor organizaba cada domingo porque, según ella, una familia decente debía sentarse junta aunque nadie tuviera ganas de estar ahí.
Mi esposo, Ricardo, hablaba de negocios.
Mateo levantó la mano.
—Papá, ¿puedo decir algo?
Ricardo ni siquiera lo miró.
—Estoy hablando.
Mateo esperó unos segundos.
Luego preguntó:
—¿Por qué yo no puedo interrumpirte, pero tú sí interrumpes a mamá?