Nada que le impidiera vivir sola todavía.
Pero las escaleras le costaban.
Conducir de noche le daba miedo.
Y había sufrido una caída en el baño meses antes.
—¿Tiene familia?
—Sobrinos.
—¿La visitan?
Levantó una ceja.
—Cuando necesitan firmas.
No pregunté más.
Empecé a pasar ocasionalmente.
Al principio una vez por semana.
Después dos.
La llevaba al supermercado.
A algunas citas.
Si preparaba comida en mi casa, llevaba una porción.
Ella protestaba.
Siempre.
—No necesito una enfermera.
—Perfecto, porque no soy enfermera.
—Entonces deja de vigilarme.
—Cuando deje de intentar mover muebles usted sola.
—Ese sillón pesa poco.
—Pesa más que usted.
Terminábamos discutiendo y riéndonos.
Mi esposo, Roberto, no veía ningún problema.
—Te hace bien —me decía.
Y era verdad.
La muerte de mi madre me había dejado un vacío enorme.
Amelia no la reemplazaba.