Yo nunca había comprendido la profundidad de aquella relación.
—Entonces tú cuidaste a mi madre antes de que ella te cuidara.
—Y ahora tú me cuidas a mí.
—Esto parece una cadena.
—Eso es exactamente lo que es.
Me tomó la mano.
—La gente cree que las cosas buenas se pagan devolviéndolas a la misma persona.
—¿Y no?
—A veces no se puede.
—Entonces ¿cómo?
—Se las entregas al siguiente.
Aquella frase se convirtió en una de las más importantes de mi vida.
Amelia vivió cinco años más.
No fueron cinco años completamente saludables.
Con el tiempo necesitó más ayuda.
Finalmente aceptó contratar a una cuidadora profesional para algunas horas.
Yo seguí visitando.
Pero aprendí también que quererla no significaba hacerlo todo sola.
Cumplió ochenta.
Después ochenta y uno.
La última Navidad que celebramos juntas me entregó un regalo.
Era el sobre de mamá.
—Quiero que lo tengas.
—Es suyo.
—Ya no.
—¿Por qué ahora?
—Porque cuando yo falte vas a pensar que no hiciste suficiente.
La miré.
—¿Cómo sabe?
—Porque conozco a las mujeres de tu familia.
Me reí.
—Y quiero que leas la última parte cuando eso ocurra.
No la leí.
Guardé el sobre.
Amelia murió ocho meses después.
Tranquilamente.
En su cama.
Su sobrina estaba allí.
Yo también.
Tenía ochenta y un años.
Después del funeral se resolvieron sus asuntos.
La famosa casa.
La que aparentemente había motivado todos mis cuidados según mi hermano.
Amelia la dejó dividida entre dos sobrinos y una pequeña organización del barrio que trabajaba con adultos mayores.
Yo no recibí ni una ventana.
Exactamente como quería.
Pero sí me dejó algunas cosas.
La vieja bandeja donde preparaba galletas.
Una fotografía de ella con mi madre.