—Mis familiares están muy ocupados esperando que me muera.
Raúl quedó avergonzado.
—Señora Amelia, no quería…
—Sí querías.
Ella siempre había sido directa.
—Usted no conoce nuestra situación.
—Conozco a tu hermana desde antes de que tú aprendieras a amarrarte los zapatos.
Raúl respondió algo que nunca le perdoné completamente.
—Precisamente. La conoce demasiado bien.
Amelia lo miró.
—¿Qué estás diciendo?
—Que no quiero que Clara se confunda y termine creyendo que esta casa le corresponde por venir a cuidarla.
Yo exploté.
—¡Fuera!
—Clara…
—Sal de aquí.
—Estoy intentando protegerte.
—Deja de protegerme insultándome.
Se marchó.
Pensé que aquella sería la última discusión.
Me equivocaba.
Dos meses después Amelia cumplió setenta y seis.
Yo organicé una pequeña comida.
Vinieron algunos vecinos.
Mi esposo.
Mi hija.
Incluso invitamos a mis hermanos porque Amelia dijo:
—No quiero que por mi culpa ustedes terminen separados.