PARTE 1
—Lárgate de aquí con tus hijos. Este fin de semana la casa es nuestra —me gritó mi suegra desde la terraza de una propiedad que estaba escriturada únicamente a mi nombre.
Por unos segundos pensé que estaba viendo mal.
Me llamo Laura Mendoza, tengo cuarenta y dos años y vivo en la Ciudad de México con mis hijos, Emiliano, de catorce, y Sofía, de once. Dos años antes había comprado una pequeña casa de descanso en Huitzilac, Morelos, con el dinero que recibí al vender el departamento que heredé de mi abuela.
Mi esposo, Mauricio, nunca puso un peso.
De hecho, cuando firmé la escritura me dijo:
—Es tu capricho. Luego no esperes que pase mis fines de semana cortando pasto.
A mí no me importó. Para mis hijos aquel lugar era nuestro refugio. Pintamos juntos la cerca, arreglamos un columpio viejo y convertimos una esquina de la terraza en espacio para leer y dibujar.