Durante dos segundos vi miedo en sus ojos.
Pero inmediatamente sonrió.
—Es Carlos. Siempre está molestando.
Yo sabía que Carlos, el dueño del taller, tenía casi sesenta años y jamás había llamado “amor” a Roberto delante de mí.
Pero asentí.
No quería discutir.
Ese fue mi error.
No confiar en él.
Sino desconfiar de mí.
Durante los meses siguientes la distancia aumentó.
Roberto comenzó a inventar viajes de negocios los fines de semana.
En nuestra intimidad parecía ausente.
Cuando yo intentaba hablar sobre nosotros, respondía que estaba cansado.
Una noche le pregunté directamente:
—¿Hay otra persona?
Se enfadó.
Muchísimo.
—¿Qué clase de pregunta es esa?
—Una muy sencilla.
—Estoy trabajando como un animal para que ustedes tengan todo y tú me recibes acusándome.
Terminó durmiendo en otra habitación.
Al día siguiente me pidió disculpas por haber gritado.
Pero nunca respondió realmente a la pregunta.
Yo seguí adelante.
Preparaba desayunos.
Llevaba a Camila a sus clases.
Ayudaba a Mateo con la universidad.
Visitaba a mi madre.
Pagaba facturas.
Vivía.
Desde afuera, nuestra familia continuaba funcionando.
Hasta aquella foto.
La mujer se llamaba Valeria.
Lo descubrí porque el perfil de mensajería mostraba su nombre después de guardar temporalmente el número.
Era hermosa.
Probablemente diez años menor que yo.
Cabello largo.
Maquillaje impecable.
Una figura espectacular.
Durante unos segundos hice algo que ahora considero inútil pero profundamente humano.
Me comparé.
Miré mi cuerpo.
Las pequeñas cicatrices.
Las líneas de expresión.
El vientre que nunca volvió a ser completamente plano después de dos embarazos.
Entonces miré nuevamente la fotografía.
Valeria sonreía como alguien que esperaba verme destruida.
Y fue precisamente eso lo que evitó que me derrumbara.
No sabía nada de mí.