Primero Mateo.
Tres años más tarde, Camila.
Cuando Roberto decidió abrir su propia empresa, yo fui quien le dijo que lo intentara.
Teníamos algunos ahorros destinados a comprar una casa.
Usamos prácticamente todo.
Durante casi dos años yo pagué la mayoría de los gastos mientras el negocio despegaba.
Nunca se lo recordé.
No porque no hubiera sido importante, sino porque así entendía yo un matrimonio.
A veces uno carga más.
Después el otro.
Éramos un equipo.
O al menos eso creía.
El negocio creció.
Compramos una casa.
Roberto comenzó a viajar.
Nuestra vida cambió.
También cambió él.
Al principio eran detalles pequeños.
Llegaba más tarde.
Pasaba demasiado tiempo con el teléfono.
Comenzó a ducharse inmediatamente al regresar a casa.
Compró ropa nueva.
Empezó a ir al gimnasio.
Nada de aquello era prueba de una infidelidad.
Y yo no quería convertirme en una mujer que sospechaba de su esposo por cada pequeño cambio.