Primero Mateo.
Tres años más tarde, Camila.
Cuando Roberto decidió abrir su propia empresa, yo fui quien le dijo que lo intentara.
Teníamos algunos ahorros destinados a comprar una casa.
Usamos prácticamente todo.
Durante casi dos años yo pagué la mayoría de los gastos mientras el negocio despegaba.
Nunca se lo recordé.
No porque no hubiera sido importante, sino porque así entendía yo un matrimonio.
A veces uno carga más.
Después el otro.
Éramos un equipo.
O al menos eso creía.
El negocio creció.
Compramos una casa.
Roberto comenzó a viajar.
Nuestra vida cambió.
También cambió él.
Al principio eran detalles pequeños.
Llegaba más tarde.
Pasaba demasiado tiempo con el teléfono.
Comenzó a ducharse inmediatamente al regresar a casa.
Compró ropa nueva.
Empezó a ir al gimnasio.
Nada de aquello era prueba de una infidelidad.
Y yo no quería convertirme en una mujer que sospechaba de su esposo por cada pequeño cambio.
Pero mi intuición comenzó a hacer preguntas que mi cabeza intentaba ignorar.
Una noche dejó el teléfono sobre la mesa mientras se bañaba.
La pantalla se iluminó.
Solo alcancé a leer:
“¿Llegaste bien, amor?”
El nombre guardado era “Mecánica Central”.
No revisé el teléfono.
A veces me preguntan por qué.
La respuesta todavía me avergüenza un poco.
Porque tenía miedo de encontrar exactamente lo que ya sospechaba.
Hay verdades que uno no evita porque no las conozca.
Las evita porque sabe que una vez confirmadas ya no puede continuar viviendo de la misma manera.
Cuando Roberto salió del baño le pregunté:
—¿Quién es Mecánica Central?
Ni siquiera parpadeó.
—El taller.
—Te escriben “amor” desde el taller.
Me miró.
Después tomó el teléfono.