—Mariana también comenzó a imaginar conspiraciones. Parece que era cosa de familia.
Aquella frase me confirmó más de lo que él imaginaba.
Recogí mis papeles.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Porque nunca dije que Mariana estuviera investigando una conspiración.
Por primera vez dejó de sonreír.
Salí.
Cuando llegué al estacionamiento encontré un sobre negro bajo el limpiaparabrisas.
Dentro había una fotografía.
Camila y Renata estaban jugando en el pequeño jardín frente a mi edificio.
La imagen había sido tomada desde un edificio cercano.
Detrás decía:
“Entrega la memoria. La próxima fotografía podría ser la última.”
Esa noche llevé todo a Salgado.
Él inició una revisión interna discreta.
Horas después descubrió algo inesperado: tres días después de la muerte de Mariana, el agente Medina había recibido un depósito de 480,000 pesos desde una empresa relacionada indirectamente con Adrián.
Salgado ordenó suspender sus accesos al sistema.
Luego solicitó revisar las cuentas del médico forense que había respaldado la hipótesis de la crisis respiratoria.
Otro depósito.
Otros 350,000 pesos.
Cuando interrogaron al doctor Esteban Rojas, resistió menos de una hora.
Desde una sala contigua escuché cómo su voz comenzó a quebrarse.
—Yo no la maté.
Salgado golpeó suavemente la mesa.
—Entonces díganos quién lo hizo.
Rojas se cubrió la cara.
—Me pagaron para modificar el dictamen preliminar.
Sentí que me faltaba el aire.
—¿Modificar qué? —preguntó Salgado.
El médico tardó varios segundos en responder.
—Mariana no murió por asma.
—Entonces, ¿de qué murió?
Rojas levantó la mirada.
—Había lesiones en el cuello. Signos claros de estrangulamiento.
Se me doblaron las piernas.
Pero Salgado hizo una última pregunta.
—¿Quién le pagó?
Rojas tragó saliva.
—No recibí el dinero directamente de Adrián.