Por mi trabajo reconocí inmediatamente el patrón.
Alguien estaba adquiriendo propiedades de adultos mayores mediante poderes falsificados, vendiéndolas rápidamente y enviando el dinero a sociedades creadas únicamente para ocultar al beneficiario final.
Había casas en Querétaro, San Juan del Río, Celaya y municipios cercanos.
Millones de pesos.
Pero lo que me dejó sin aire fue encontrar una carpeta llamada:
“ADRIÁN – PRUEBAS FINALES”.
Antes de abrirla llamé al comandante Salgado.
Él ya estaba investigando la desaparición de Julián, el vecino. Después de recibir las fotografías que le había enviado de su casa cerrada y su correspondencia acumulada, consiguió una orden para entrar.
Encontraron un cuaderno escondido debajo de un colchón.
Julián había anotado fechas, matrículas y nombres de funcionarios que se reunían con representantes de varias inmobiliarias.
Salgado me envió fotografías de las páginas.
Pasé tres horas cruzando esos datos con los movimientos del USB.
Todas las rutas terminaban en una empresa llamada Desarrollos del Centro MX, S.A. de C.V.
Busqué su información corporativa.
El representante y principal accionista era Adrián Cárdenas.
Mi cuñado político.
El hombre que llevaba años llegando a los cumpleaños de mis sobrinos cargado de regalos.
El hombre que, durante el funeral de mi cuñado, prometió que siempre protegería a Mariana.
A las ocho de la mañana cometí algo imprudente.
Fui a enfrentarlo.
Entré a sus oficinas y arrojé copias de varios documentos sobre su escritorio.
—Explícame por qué tus empresas aparecen detrás de decenas de propiedades robadas.
Adrián ni siquiera perdió la sonrisa.
—Daniela, acabas de encontrar muerta a tu hermana. Estás bajo muchísimo estrés.
—No cambies el tema.