Salón.
Fotógrafo.
Música.
Flores.
Vestido.
Banquete.
Pastel.
Luna de miel.
Durante dos horas hizo llamadas.
Perdió algunos anticipos.
En otros servicios consiguió devoluciones parciales.
El vestido podía regresarlo con una penalización.
Cuando terminó, miró la carpeta.
La boda que había organizado durante seis meses ya no existía.
Y sintió alivio.
No tristeza.
Alivio.
Eso terminó de confirmar su decisión.
Mauricio no llamó en toda la mañana.
Tampoco al mediodía.
Era una costumbre suya.
Cuando discutían, desaparecía hasta que Valeria se acercaba primero. Después aceptaba las disculpas que ella terminaba ofreciendo incluso cuando no había iniciado el problema.
Aquella vez Valeria sí llamó.
Pero no para disculparse.
—Hola —contestó Mauricio con voz distante.
—La boda está cancelada.
Hubo unos segundos de silencio.
—¿Qué?
—Cancelé todo esta mañana.
—¿Qué clase de tontería es ésta?
—No es una tontería.
—¿Me estás diciendo que cancelaste nuestra boda por una discusión sobre maquillaje?
Valeria cerró los ojos.
Incluso ahora él seguía sin entender.
—No cancelé la boda por maquillaje.
—Entonces ¿por qué?
—Porque no quiero pasar los próximos veinte años tratando de adivinar qué versión de mí será aceptable para ti y para tu mamá.
Mauricio soltó una carcajada nerviosa.
—No puedes decidir esto tú sola.
—Para casarnos necesitamos estar de acuerdo los dos. Para no casarme basta con que yo no quiera.
—¿Estás en tu departamento?
—Sí.
—Voy para allá.
Quince minutos después sonó el timbre.
Valeria abrió.
Mauricio entró furioso.
—¿Se puede saber qué circo estás montando?
—Ninguno.
—¡Podías simplemente quitarte ese maquillaje absurdo y buscar algo decente para la boda!
Valeria lo observó.
Aquella frase confirmó una vez más que cancelar había sido la decisión correcta.