Aquella única palabra hizo que él se quedara quieto.
—¿Cómo que no?
—Que no voy a quitarme nada.
—Entonces no sé para qué demonios me pediste opinión.
—Yo no te pedí opinión. Vine pensando que quería darte gusto.
Mauricio abrió la boca, pero Valeria continuó:
—Durante cinco años te gustó mi cabello. Después dejó de gustarte. Durante cinco años nunca tuviste problemas con mi ropa. De repente soy poco femenina. Nunca me pediste maquillarme. Y ahora resulta que mi cara natural te avergüenza.
—Otra vez estás exagerando.
—No he terminado.
Valeria respiró profundamente.
—Cuando me maquillo, también está mal. Si no lo hago, soy una mujer descuidada. Si lo hago, según tú parezco una cualquiera. Si uso jeans, soy poco femenina. Si me pongo algo más llamativo, seguro vas a decir que estoy provocando a los hombres. ¿Exactamente qué quieres?
Mauricio permaneció en silencio.
Valeria ya conocía la respuesta.
Y por primera vez la veía con absoluta claridad.
Mauricio no quería una forma concreta de vestir.
Quería tener el derecho de decidir.
—Tu mamá tenía razón en algo —dijo Valeria.
Él frunció el ceño.
—¿Qué tiene que ver mi mamá?
—Muchísimo.
El rostro de Mauricio cambió.
—No la metas en esto.
—La metiste tú desde hace semanas.
—¿De qué estás hablando?
Valeria recordó aquella noche en casa de Elena.
—Escuché su conversación después de su cumpleaños.
Mauricio palideció.
—¿Nos estabas espiando?
—Estaba lavando los platos de tu madre mientras ustedes hablaban de mí a unos metros. No necesitaba esconderme debajo de una mesa para escucharlos.
Él apartó la mirada.
—Entonces escuchaste una conversación privada fuera de contexto.
Valeria casi sonrió.
Siempre había una explicación.