Mi esposo aseguró que nuestra relación necesitaba una prueba: vivir juntos durante un mes en una cabaña perdida, sin celulares ni contacto con nadie. “Así sabremos si todavía vale la pena seguir casados”, me dijo. Pero apenas llegamos, inventó una emergencia y me dejó sola. Cuando descubrí que había llevado antes a su amante a esa misma cama, hice una llamada. Lo que averigüé sobre la empresa de mi padre fue todavía peor…

PARTE 1

—Si de verdad quieres salvar nuestro matrimonio, entrégame tu celular y olvídate de tu familia durante un mes —me dijo mi esposo mientras conducía hacia un pueblo donde ni siquiera había señal.

Lo miré desconcertada.

—Arturo, ¿no crees que estás exagerando? Mi papá tiene una empresa que atender y yo soy la contadora general.

—Precisamente por eso estamos aquí, Mariana. Llevamos siete años casados y últimamente parece que tu verdadero marido es esa computadora.

No supe qué responder.

Vivíamos en Veracruz. Mi padre, don Ernesto, era dueño de una empresa de transporte y almacenamiento que había levantado desde cero. Yo administraba las finanzas y Arturo ocupaba el puesto de subdirector.

Cuando mi esposo propuso pasar nuestro aniversario en una cabaña cerca del río Papaloapan, pensé que quería recuperar nuestra relación.

—Ya hablé con tu papá —aseguró—. Todo está arreglado.

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