—Espero que sí.
—Tu madre también.
Lo miré.
—¿Cuál de las dos?
Don Ernesto sonrió.
—Las dos.
Bruno también estuvo presente, limpio, peinado y con un moño que intentó arrancarse durante toda la ceremonia.
Algunas personas se rieron cuando el fotógrafo quiso apartarlo.
Yo no permití que lo hicieran.
—Ese perro se queda conmigo.
Nadie discutió.
¿Cómo iba a celebrar una nueva vida dejando fuera al animal que había impedido que terminara la anterior?
Tiempo después nació nuestra hija.
La llamamos Lucía, como mi madre biológica.
Daniel siguió recuperándose hasta volver a caminar con independencia en trayectos cortos.
Don Ernesto dejó la caseta del cementerio, aunque seguía visitando el lugar cada semana.
No para trabajar.
Iba a llevar flores a la tumba de nuestra madre.
A veces lo acompañábamos Daniel y yo.
En cuanto a Ricardo y Patricia, ya no hubo sobres, amenazas ni historias inventadas capaces de borrar lo que habían hecho. La grabación, los documentos irregulares, mi testimonio, el de don Ernesto y las demás pruebas reunidas permitieron que ambos enfrentaran finalmente las consecuencias de sus decisiones.
Durante mucho tiempo creí que mi peor recuerdo sería el sonido de la tierra cayendo sobre mi ataúd.
Me equivoqué.
El peor recuerdo fue escuchar a Ricardo decir que había soportado años de matrimonio sólo por mi patrimonio.
Porque la tierra casi me quitó la vida.
Pero aquellas palabras intentaron quitarme algo más difícil de recuperar: la capacidad de confiar.
Por suerte, también aprendí otra cosa.
La familia no siempre es únicamente la gente con la que creciste.
A veces es un sepulturero que abre un ataúd aunque tenga miedo.
Un perro que se niega a obedecer porque sabe que hay alguien vivo bajo la madera.