No volvió a discutir.
Pensé que, después de todo aquello, podría concentrarme en reconstruir mi vida.
Entonces recibí una llamada de la Fiscalía.
Ricardo había escapado durante un traslado junto con otros detenidos.
Sentí frío en las manos.
—¿Cómo pudo ocurrir?
—Se está investigando. Pero debemos advertirle que extreme precauciones.
No necesitaba que me explicaran por qué.
Ricardo sabía que yo estaba viva.
Sabía que su confesión estaba registrada.
Y sabía que don Ernesto había sido quien lo había expuesto.
Contraté seguridad privada.
Así conocí a Javier Mendoza.
Tenía cuarenta años, había trabajado como bombero y después como rescatista. Era enorme, tranquilo y tenía cicatrices visibles en el cuello y en un lado del rostro.
La primera vez que me sorprendió observándolo, se tocó la mejilla incómodo.
—Fue en un incendio. Si le resulta desagradable, puedo pedir que asignen a otra persona.