**El relojero de los segundos robados**

Aferrarse al dolor de su partida era exactamente lo que Silas quería. Era el ancla que mantenía a Elias atrapado en el pasado.

—Tienes razón, Silas —dijo Elias suavemente—. El universo exige equilibrio.

Con un movimiento rápido y preciso, Elias no giró la corona. En su lugar, insertó sus pinzas de acero de mayor calibre y, con toda su fuerza, quebró el resorte principal de sombra.

El sonido fue como un grito de cristal. Los engranajes oscuros se hicieron añicos. Una ola de luz dorada —los segundos robados de miles de vidas— estalló en la tienda, iluminando cada rincón oscuro.

Silas gritó mientras la luz lo envolvía. Al liberarse el tiempo acumulado, su forma parasitaria se desmoronó. Envejeció siglos en un solo segundo, convirtiéndose en cenizas que la corriente de aire de la tienda se llevó por la ventana abierta.

El reloj de obsidiana se derritió en las manos de Elias, dejando caer sobre el banco un pequeño y simple engranaje de latón con la luna creciente grabada.

Elias lo tomó y lo apretó contra su pecho, cerrando los ojos. Por primera vez en treinta años, los relojes de la tienda no sonaban como lamentos. Sonaban como latidos. Y en el profundo y pacífico silencio de su propio corazón, Elias finalmente escuchó lo que Clara le había susurrado en la lluvia antes de desaparecer:

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