Tres días después, mientras el país entero seguía creyendo que Mariana Ortega estaba enterrada, don Ernesto llamó a Ricardo.
—Señor, tenemos que hablar de su esposa.
Hubo un largo silencio al otro lado.
—¿Qué pasa?
—Cuando estaba terminando el entierro escuché golpes.
Don Ernesto hizo una pausa.
—Creo que su mujer seguía viva cuando llegó aquí.
Ricardo aceptó reunirse con él esa misma tarde en un pequeño local cerca del cementerio.
Yo permanecí lejos.
Don Ernesto llevaba una grabadora oculta.
Ricardo llegó nervioso y agresivo.
—Dígame cuánto quiere.
—Yo no dije que quisiera dinero.
—No se haga el santo. Si me llamó es por algo.
Don Ernesto decidió provocarlo.
—Me da curiosidad. ¿Por qué no se divorció?
Ricardo soltó una carcajada amarga.
—¿Para dejarle todo? La casa, los departamentos, las inversiones… ¿y yo salir con una maleta después de nueve años?