Tres días después, mientras el país entero seguía creyendo que Mariana Ortega estaba enterrada, don Ernesto llamó a Ricardo.
—Señor, tenemos que hablar de su esposa.
Hubo un largo silencio al otro lado.
—¿Qué pasa?
—Cuando estaba terminando el entierro escuché golpes.
Don Ernesto hizo una pausa.
—Creo que su mujer seguía viva cuando llegó aquí.
Ricardo aceptó reunirse con él esa misma tarde en un pequeño local cerca del cementerio.
Yo permanecí lejos.
Don Ernesto llevaba una grabadora oculta.
Ricardo llegó nervioso y agresivo.
—Dígame cuánto quiere.
—Yo no dije que quisiera dinero.
—No se haga el santo. Si me llamó es por algo.
Don Ernesto decidió provocarlo.
—Me da curiosidad. ¿Por qué no se divorció?
Ricardo soltó una carcajada amarga.
—¿Para dejarle todo? La casa, los departamentos, las inversiones… ¿y yo salir con una maleta después de nueve años?
—¿Entonces sí sabía que estaba viva?
—Patricia sabía lo que hacía. Debía parecer muerta durante varias horas. Después ya no importaba.
—¿Y si despertaba?
Ricardo se inclinó hacia él.
—Para eso estaba la tierra.
Don Ernesto tuvo que contenerse para no golpearlo.
—¿Y su amiga?
—Patricia y yo llevamos casi tres años juntos. Ella consiguió lo necesario. Yo hice el resto.
Después dejó sobre la mesa un sobre con dinero.
—Ahora usted se olvida de todo.
Don Ernesto tomó el sobre únicamente para mantener la actuación.
Pero cuando se levantó, Ricardo dijo algo todavía peor.
—Y no intente jugar conmigo, viejo. Si pude deshacerme de mi esposa, también puedo resolver otro problema.
Horas después, aquella grabación estaba en manos de la Fiscalía.
Yo aparecí viva ante los investigadores.
La expresión de los agentes al verme parecía salida de una película.