Se abrió una investigación y Ricardo y Patricia fueron detenidos mientras se verificaban documentos, movimientos bancarios y las circunstancias de mi falsa muerte.
Pero mi historia todavía estaba lejos de terminar.
Porque al volver al cementerio para agradecerle a don Ernesto, descubrí que el hombre que me había sacado de una tumba llevaba más de veinte años enterrando su propia tragedia.
Su esposa había muerto al dar a luz.
Su único hijo, Daniel, había desaparecido años después mientras trabajaba en el norte del país.
Don Ernesto había vendido hasta su departamento para buscarlo.
Nunca encontró nada.
—Ya estoy viejo, hija —me dijo—. Uno aprende a vivir con ciertas ausencias.
Yo no pude aceptar esa frase.
Contraté investigadores privados.
Busqué registros.
Hospitales.
Antiguos empleadores.
Y semanas después encontré a Daniel.
Estaba vivo.
Un accidente laboral lo había dejado con graves secuelas y él mismo había pedido que no localizaran a su padre porque no quería convertirse en una carga para un hombre anciano.
Organicé su traslado a Guadalajara y pagué su tratamiento.
Cuando don Ernesto volvió a abrazar a su hijo después de tantos años, creí que aquello era el final feliz que la vida le debía.
Me equivoqué.
Durante los estudios médicos, un doctor me hizo una observación extraña.
—Señora Mariana, ¿está segura de que Daniel no es pariente suyo?
—Completamente.
El médico sonrió.
—Pues se parecen muchísimo.
Aquella frase no habría significado nada…
si Daniel y yo no hubiéramos descubierto después que compartíamos exactamente la misma fecha de nacimiento.
Solicitamos una prueba genética.
Y cuando recibí el resultado, tuve que leerlo tres veces.
Daniel y yo no sólo éramos parientes.