—¿Desde cuándo le mandas dinero a Roberto para los cuidados de tu mamá?
Hubo un silencio.
—¿No lo sabías?
—No.
—Claudia… llevo más de un año haciéndolo cuando mamá necesita algo. Cuando tuvo neumonía también le mandé. Y cuando arreglaron su techo.
Sentí una presión en el pecho.
Yo había pasado tardes enteras en aquel hospital.
Yo había buscado a los albañiles.
Yo había pedido permisos en mi trabajo.
Mientras tanto, Roberto cobraba por una ayuda que yo realizaba sin saber que alguien estaba pagando por ella.
Esa misma tarde fui con una abogada de orientación familiar.
Le expliqué todo.
También le conté que teníamos acceso autorizado a ciertas cuentas familiares desde hacía años porque yo llevaba los pagos de la casa.
Revisamos sólo la información a la que yo podía acceder legalmente.
Ahí estaban las transferencias.
Ocho mil.
Ocho mil.
Doce mil.
Quince mil.
Durante meses.
Guardé los estados de cuenta y los mensajes de Laura.
Después terminé de sacar mis cosas.
El domingo por la noche Roberto revisaba el cuarto de su madre.
—Mañana salgo temprano por ella —dijo—. Espero que no sigas con tu berrinche.
Me paré frente al sillón.
—No es un berrinche.
—¿Entonces?
—A partir de mañana voy a vivir en otro lugar.
La lata de cerveza se quedó suspendida junto a su boca.
—¿Qué?
—Renté un departamento. Mis cosas ya están allá.
Se levantó.
—¿Estás loca? ¡Mi mamá llega mañana!
—Precisamente.
—¿Y quién va a ayudarla?
Lo miré.
Por primera vez parecía verdaderamente asustado.
—Tú.
A la mañana siguiente salí antes de que despertara.
No dejé desayuno.
No dejé comida preparada.
No dejé ropa doblada.