Me quedé sentada mirando el resultado durante casi una hora.
Primero sentí miedo.
Luego alegría.
Después miedo otra vez.
Regresé al hospital y me senté junto a Javier.
—Parece que vas a tener una razón bastante importante para despertar.
Le tomé la mano.
—Vamos a tener un hijo.
No ocurrió ningún milagro inmediato.
Javier no abrió los ojos de repente.
No apretó mi mano como en una telenovela.
Pero continué hablándole.
Cada día.
Hasta que, diecinueve días después del ataque, mientras le contaba que Daniel había dado cinco pasos con ayuda de un fisioterapeuta, escuché una voz ronca.
—¿Cinco?
Me quedé congelada.
Javier abrió lentamente los ojos.
—¿De verdad fueron cinco?
Empecé a reír y llorar al mismo tiempo.
—Eres un idiota.
—Buenos días para ti también.
Su recuperación tardó meses.
Le conté sobre el embarazo cuando estuvo suficientemente estable para comprenderlo.