Años después, la zona empezó a crecer y el terreno multiplicó su valor. Norma intentó anular la venta y dijo que la habían engañado. Perdió en los tribunales, pero nunca perdonó a su hermano.
Recordé las Navidades en las que Norma venía con un ramo de flores para mi cumpleaños. La recordé a mi lado en el funeral. Y sentí un escalofrío.
«Hace seis meses, Norma se enteró de que había una oferta de compra por el terreno. Es una cifra mucho mayor de la que imaginas.»

—¿Cuánto? —le pregunté al abogado.
—Alrededor de dos millones ochocientos mil dólares.
No supe qué decir. Rodolfo había guardado ese secreto durante años.
El verdadero plan
«Si te hubiera dejado el terreno en el testamento, Norma lo habría impugnado de inmediato. Sabía que quedarías vulnerable tras mi muerte y esperaba convencerte de renunciar o de vender rápido. Por eso necesitaba que ella creyera que no recibías nada. El terreno ya no es mío desde hace tres años. Es tuyo.»
—¿Cómo que es mío?
El doctor Ibarra abrió una carpeta. Tres años antes, Rodolfo había constituido una sociedad para administrar la propiedad y, poco a poco, de forma totalmente legal, me había ido transfiriendo a mí su participación.

No heredé el terreno. Ya era mío. Y un testamento no puede dejarle a una persona algo que, jurídicamente, ya le pertenece. Por eso la frase había sido escrita con tanto cuidado. Rodolfo no me había dejado sin nada: me había protegido.
Todavía quedaba un párrafo. «Si Norma te llama apenas se lea el testamento y te ofrece ayuda, no aceptes nada y no firmes nada. Tengo motivos para pensar que lo intentará.»