Lo trasladaron inmediatamente.
Esa noche volvió a aparecer en mi vida una sala de hospital.
Sólo que esta vez la persona inmóvil no era yo.
Era el hombre que me había protegido.
Los médicos consiguieron estabilizarlo, pero permaneció inconsciente.
Pasaron tres días.
Luego cinco.
Después diez.
—No podemos saber cuándo despertará —me explicó una doctora—. Su condición continúa siendo delicada.
—Entonces esperaré.
—Puede ser mucho tiempo.
—Tengo tiempo.
Iba cada día.
Le hablaba.
Le contaba sobre Daniel, que ya conseguía mantenerse de pie con apoyo durante algunos segundos.
Le contaba que Bruno, el perro de don Ernesto, había destrozado otro par de zapatos.
Le contaba cualquier tontería porque no soportaba el silencio.
Hasta que una mañana recibí otra noticia.
Llevaba varios días sintiéndome mareada y pensé que era estrés.
No lo era.
Estaba embarazada.