Su cuerpo estaba helado.
—Vamos, señora. Respire.
Acercó dos dedos a su cuello.
El pulso era débil, pero seguía allí.
La levantó con cuidado. No era una mujer grande, pero el hielo, el viento y el suelo resbaladizo hicieron que los pocos metros hasta la furgoneta parecieran interminables.
Cuando abrió la puerta del acompañante, Lucía se incorporó de inmediato.
—Papá…
—Está viva. Ayúdame a sacar mi abrigo.
La niña obedeció sin preguntar.
Mateo acomodó a la desconocida en el asiento delantero, le quitó los guantes mojados y la cubrió con su abrigo. Después colocó otra manta sobre sus piernas y dirigió hacia ella las salidas de calefacción.
El aire apenas estaba templado.
—¿Quién es? —preguntó Lucía.
Mateo apoyó una mano en la muñeca de la mujer.
—Alguien que no podía quedarse allí.
Volvió a la carretera.
El centro médico más cercano estaba al otro lado de un puerto que probablemente ya se encontraba cerrado. Su casa, en cambio, quedaba a menos de veinte minutos.
No era el lugar ideal, pero tenía una estufa de leña, mantas secas y un teléfono fijo.
Condujo despacio mientras observaba a la mujer de reojo.
Tenía unos cuarenta y cinco años. Llevaba un abrigo elegante, botas de cuero y un reloj discreto que parecía caro. Su cabello oscuro estaba pegado a la frente por la humedad.
Mateo no se preguntó quién era.
Solo se preguntaba si conseguiría mantenerla despierta.
—Señora, ¿puede escucharme?
Los labios de la mujer se movieron, pero no salió ningún sonido.
—No se duerma. Ya casi llegamos.
Lucía se inclinó hacia delante todo lo que le permitía el cinturón.
—Señora, yo soy Lucía.