Sentí que se me doblaban las piernas.
—¿Está diciendo que esto no empezó ayer?
—No.
Miré por el cristal.
Valentina estaba coloreando mientras hablaba con la trabajadora social.
—Yo no sabía.
—Ahora ya sabe.
Aquellas 3 palabras me acompañarían durante meses.
Ahora ya sabe.
La trabajadora social notificó a la Procuraduría de Protección de Niñas, Niños y Adolescentes y al Ministerio Público.
También llegó una agente de investigación para tomar mi declaración.
Mientras hablábamos, mi celular comenzó a vibrar.
Mariana.
12 llamadas.
Luego 19.
Luego mensajes.
Diego, regresa a casa.
Podemos arreglarlo.
Estoy arrepentida.
No metas autoridades.
Nos van a quitar a Valentina.
Después llegó otro.
Si haces esto, también van a investigar por qué tú nunca estabas.
Me quedé mirando la pantalla.
Era una amenaza.
O un intento desesperado de convertir su culpa en la mía.
Le enseñé los mensajes a la agente.
—No borre nada.
Tomó fotografías de la conversación.
10 minutos después llegó otro mensaje.
Valentina está exagerando. Tú sabes cómo es.
Ese fue el último que abrí.
Esa noche, la Fiscalía inició una carpeta por violencia familiar y lesiones.
La Procuraduría emitió medidas urgentes para proteger a Valentina mientras el caso llegaba ante un juez familiar.
Mariana no podía acercarse a nuestra hija.
Yo pensaba que lo peor ya había salido a la luz.
Me equivocaba.
2 días después regresé a casa acompañado por mi hermana Fernanda.
Valentina se quedó con nuestros padres.
Entré al dormitorio y empecé a guardar las cosas de Mariana.
No quería venganza.
Quería distancia.
Cada vestido que metía en una caja me parecía pertenecer a una desconocida.
Cuando vacié el buró de su lado encontré una pequeña libreta negra escondida debajo de varias revistas.