—Límpialo otra vez. Y procura no dejar marcas.
Marisol apretó el mango del trapeador.
—Sí, señora.
No hubo discusión.
Ni protesta.
Ni siquiera sorpresa.
Y eso fue lo que más perturbó a Alejandro.
Parecía que no era la primera vez.
Podía haber entrado en ese momento. Podía haber exigido una explicación, pero algo lo detuvo.
Valeria no sabía que estaba allí.
Por primera vez, Alejandro estaba viendo cómo se comportaba cuando creía que él no podía verla.
Retrocedió sin hacer ruido y dejó las flores en un florero del corredor.
Al hacerlo, miró sus propias manos.
Y recordó las de su madre.
Rosa había limpiado casas durante casi 20 años después de que el padre de Alejandro abandonara a la familia. Llegaba a casa con los dedos resecos por el cloro y olor a jabón pegado a la piel.