A 3 semanas de casarse, volvió temprano a casa con flores para sorprender a su prometida. Pero antes de entrar en la cocina la vio derramar vino a propósito sobre el suelo que la empleada acababa de limpiar. “Límpialo otra vez”, ordenó ella. Él retrocedió sin hacer ruido y ocultó que lo había visto. Lo que descubrió durante los días siguientes fue mucho peor.

Parte 1

—Límpialo otra vez.

Alejandro se quedó inmóvil al otro lado de la puerta de la cocina, con un ramo de flores blancas entre las manos.

Había salido antes de una reunión en Guadalajara y conducido hasta la casa familiar en Colinas de San Javier con una sola idea: sorprender a Valeria, su prometida, a 3 semanas de la boda.

Pero la sorprendida no sería ella.

Desde el pasillo, Alejandro veía perfectamente a Marisol, la joven que trabajaba en la casa desde hacía casi 8 meses, sosteniendo el trapeador frente a un piso impecable.

Valeria estaba junto a la isla de mármol con una copa de vino tinto.

Marisol acababa de terminar de limpiar.

Entonces Valeria inclinó lentamente la muñeca.

El vino cayó sobre las baldosas recién pulidas.

No fue un accidente.

Alejandro lo vio.

Valeria observó la mancha y dijo con una tranquilidad que lo inquietó todavía más:

—Límpialo otra vez. Y procura no dejar marcas.

Marisol apretó el mango del trapeador.

—Sí, señora.

No hubo discusión.

Ni protesta.

Ni siquiera sorpresa.

Y eso fue lo que más perturbó a Alejandro.

Parecía que no era la primera vez.

Podía haber entrado en ese momento. Podía haber exigido una explicación, pero algo lo detuvo.

Valeria no sabía que estaba allí.

Por primera vez, Alejandro estaba viendo cómo se comportaba cuando creía que él no podía verla.

Retrocedió sin hacer ruido y dejó las flores en un florero del corredor.

Al hacerlo, miró sus propias manos.

Y recordó las de su madre.

Rosa había limpiado casas durante casi 20 años después de que el padre de Alejandro abandonara a la familia. Llegaba a casa con los dedos resecos por el cloro y olor a jabón pegado a la piel.

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