Desperté de un coma y escuché a mi hijo susurrar: “No abras los ojos, mamá… papá está esperando que te mueras.” En ese instante entendí que mi accidente no había sido un accidente, y que mi esposo y mi propia hermana estaban esperando mi muerte para quedarse con todo.

Valeria sintió que la rabia le quemaba la sangre, aunque su cuerpo siguiera inmóvil.

—Mi mamá va a despertar —dijo Mateo, llorando.

Sergio soltó una risa seca.

—No, Mateo. Tu mamá ya no decide nada.

Renata se inclinó sobre Valeria y le acomodó un mechón de cabello con dedos fríos.

—Siempre quiso llamar la atención —susurró junto a su oído—. Hasta dormida se hace la mártir.

Luego bajó más la voz.

—Cuando por fin se muera, nos llevamos al niño a la finca de Querétaro. Lejos de preguntas, lejos de vecinos, lejos de abogados metiches.

Mateo dio un paso atrás.

—¿Me van a llevar lejos de mi casa?

Sergio lo miró con desprecio.

—Te vamos a llevar donde aprendas a cerrar la boca.

—¡No quiero! ¡Quiero que mi mamá despierte!

—Tu mamá no va a despertar —escupió Sergio—. Y tú vas a hacer lo que yo diga.

Mateo levantó el rostro, temblando, pero con una furia nueva en los ojos.

—No. Mi mamá me dijo que si algo le pasaba, llamara a la licenciada Gálvez.

El silencio cayó como una losa.

La licenciada Gálvez era la abogada de Valeria.

Y era la única persona que sabía que Valeria había cambiado su testamento 2 semanas antes del accidente.

Sergio cerró la puerta con fuerza.

parte2

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