Pero Valeria sabía la verdad.
Ella no perdió el control.
La última imagen clara en su memoria era Sergio, su esposo, sentado frente a ella en la cocina de su casa en Lomas de Chapultepec, empujándole unos documentos con una sonrisa que no llegaba a los ojos.
—Firma, Valeria. Es solo para proteger el patrimonio familiar.
Ella había leído apenas 2 páginas antes de entenderlo todo. Sergio quería pasar propiedades, cuentas y acciones a una empresa donde él tendría el control absoluto.
—No voy a firmar esto —le dijo.
La cara de Sergio se endureció.
Esa misma noche, al bajar por una curva, los frenos no respondieron.
La puerta del cuarto se abrió de golpe.
Mateo soltó la mano de su madre como si lo hubieran sorprendido robando.
—¿Otra vez aquí? —dijo Sergio con fastidio—. Ya te dije que tu mamá no te escucha.